miércoles, 7 de mayo de 2008

Sobre la diosa eterna

Se gira y la mira.
Nublados tiene los ojos por culpa de anhelo hiriente que le aturde el interior. Es un querer correspondido, fruto de una juventud llegada a su final nada más empezar, alegato de la irracionalidad adulta y esquizofrenia bisoña.

Sus dos miradas se vuelven a enlazar durante un segundo que más bien parece un invierno soleado.

¡Solitarios aquellos que no acompañan a su corazón por muy pedregosa que sea la vía!

No se atreve a dar el primer paso. Quizá no se atreva. Demasiado pesado es el culto a tu musa como para agraviarlo con la carga del rechazo. No busca un beso ni un roce, ni siquiera una noche o un día entero. No se demuestran el puente que los une y la piedra se agrieta ola tras ola degradándolo.

El eterno temor al abismo está presente en cada movimiento, la nada gana relevancia al ritmo que se agota el reloj de arena. Tiempo es lo que necesitan, pero no olvidar que las hojas también caen del árbol más perenne. ¡Necios por sufrir ante su espejo!

En la dulcinea de los hombres llueve con fuerza por enésima vez ya este año, y amilanados por esta tierna maldición nos partimos en dos. ¡Es el querer terrible y despiadado!, ¡Es el amor una daga enemistada con mi ser!

Me deshago de mi careta, apareciendo en el trasfondo.

Jamás sentí tanto dolor enclaustrado en un trozo de carne tan minúsculo. Desconocía esta tediosidad en los andares de la visa, desearía tener alas para volar juntos.

Amaina la lluvia.

Pongo mi mano en tu pecho, ahora te siento por primera vez. Esa lágrima me revela el recuerdo del desconcierto, gritando a los cuatro vientos que hoy te has abierto de par en par, pues carece de sentido hasta el más mínimo gesto, puedo ver a través de ti. Me ensordece el fulgor del latido de tu cuerpo.

Un primer contacto. Un primer silencio.

La fortuna sonríe al afortunado, lejos de amargar la pincelada, lejos de vestirla de luto. Mis brazos rodean su cuidada cintura, degustando cada palmo del estrechamiento. Queda menos, poco a poco, sin prisa. Nuestros labios se humedecen y los párpados esconden nuestros ojos. No hay tiempo para el paso atrás, mas a ninguno se le ocurre. Ligeramente siento el relajo de la tranquilidad y encariño el cuello ladeándolo.

Se produce.

¡Por siempre sobraría el verso si la existencia fuera tan rijosa!

¡Es el salmo de tu danza el que me da la fuerza para amarte!

Quédate a mi lado, hoy quédate a mi lado.

Tratados del Ser
Iñaki Burguera