Llevaba varios años esperando el momento que se le abría ahora delante de su alma. La gente lo recibía con grandes ovaciones, sin apenas haber probado el fruto de sus hablares, y menos aún habiendo disfrutado de ellos. La confusión se apoderó de aquel que había empezado a dar respuestas. Tras un descanso, volvió a abrir sus oídos a las plegarias que recorrían el ambiente, dedicándoles unas palabras:
-Hijos míos, no seáis menos que quien habla en estos instantes. No soy yo quien debe hablar por vuestras gargantas, puesto que cada uno de vosotros, cada uno de vosotras, artesanos, mercaderes, herreros y orfebres, seres y sombras, tenéis que dejar de estar arrodillados, dejad de cantar las canciones escritas y componed las vuestras.
La gente aplaudió con más y más fuerza, llenando de penuria el corazón del pensador.
-Hijos míos: no verán mis ojos el significado de mis palabras.
La gente continuó aplaudiendo hasta el anochecer.
Tratados del Ser
martes, 10 de noviembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario