Eran como las seis o siete de la mañana de un frío domingo. Por el camino encontré una moneda recubierta de tierra en un lado del sendero. Parecía una moneda antigua, estaba bastante oxidada y casi no podía diferenciarse el dibujo del relieve. Antes de recogerla pensé que podría tratarse de una antigüedad con valor, quizá de antes de la guerra.
Pero al tenerla en mis manos y observarla fijamente, me di cuenta de que no era más que una moneda de cinco centavos, algo normal y corriente, que con el paso del tiempo en un lugar tan húmedo había quedado deteriorado.
Cavé una pequeña fosa, donde deposité la moneda. Volví a echar la tierra y marche hacia casa, con el pensamiento de que algún día alguien tendrá más fortuna que yo.
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