Andando por el bosque me encontré con un señor dotado de un gran bigote, al que desde el inicio le consideré un caballero en toda regla. Llevaba puestos unos zapatos de charol, yo diría que del 43, los cuales brillaban de lo cepillados y limpios que se encontraban. Los pantalones eran de un marrón oscuro muy parecido a la madera del salón de mi apartamento.
Antes de que pudiera echarle un vistazo de arriba abajo fijándome en toda su indumentaria, el señor me lanzó una pregunta:
-Buenos días amable campesino. ¿Podría decirme la hora por favor?- metió la mano en su bolsillo en busca de un aparato dorado- Tuve el infortunio de dejar caer mi reloj en un charco, con las consecuencias que eso trae.
-Lo siento, no tengo reloj, nuca he tenido uno. Pero sé que son sobre las 11 de la mañana, aunque, como ya le digo, no estoy seguro.
-No pasa nada buen hombre de dios-me respondió en un dulce tono- acabo de recordar que llevo dos relojes en mi maletín-volvió a meter su mano, esta vez en una especie a maleta pequeña-. Si, aquí están. ¿No querrá que le venda uno? Son de excelente calidad, así podrá saber la hora en cualquier momento y situación, sin necesidad de estar en duda. Solo le costará 3 monedas. ¿Qué le parece?
El ímpetu con el que se expresaba me animó a creerle. Bien cierto era que un reloj me era útil. Asique acepté, compre el reloj, proseguí mi camino y él el suyo.
martes, 27 de octubre de 2009
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