Por todo el pueblo corría la buena nueva.
-¡El hijo pródigo ha regresado!- gritaba la muchedumbre al conocerla.
Las gotas cesaron en aquel instante. Siempre hubo quien alargó una sombra con el fin de derrocar al pensamiento que nunca quiso, ni querrá, imponerse a la espiral fuertemente arraigada en el seno del hombre. Esas son las sombras contra las que lucha, la oscuridad de la que algunos se aprovechan para esconderse de una luna llena que crece sin encontrar metas.
Y llegó el día. Y la noche. Ninguna cede.
Mientras quede una gota de la que resguardarse el cielo no brillará con todo su resplandor, el brillo insaciable buscado por aquellos que permanecen en pie de cara a la tormenta. Es el grito de los mudos quien retumba en los oídos de los aquellos. Esos cuyas rodillas no están hechas al lodo y jamás podrán acostumbrarse a callar.
-Compañeros del día y de la noche, ofrecedme un vaso de agua, pues sigo sediento.
Tratados del Ser
Iñaki Burguera
jueves, 8 de octubre de 2009
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