No te muevas, quédate conmigo. Dime que es real.
Un espejo en donde encuentro al sol y a la luna jugando en el crepúsculo de sus idas y venidas, el aroma que activa en mí siete u ocho sentidos, esa llama que no necesita combustible. Te digo algunas cosas y otras muchas me las callo, pero no importa, nos sobra lo perecedero, lo frágil al invierno y al calor del fuego. No hace falta la presencia de la palabra, de sobra entiendes lo que no pronuncio. Es la diferencia de vivir en un sentimiento profundo.
Me acuesto, te encuentro; despierto, me apareces.
Recuerdo el canto de las sirenas, tocando con su arpa y sus cuerpos semidesnudos, llamando a mi puerta o abriéndola sin llave. Sí, las recuerdo. Es más, todavía las escucho. No entiendo, escapa a las razones y a los impulsos, ¡oigo los cantares de las dulcineas y no corro tras su aroma!
Me he envuelto en tus brazos de tal forma que no quisiera moverme ni ante la presencia de la mismísima Afrodita. Por ello ruego a la vida por la gracia que me ha otorgado. Un ruego a un Coloso para que mantenga viva la esperanza de permanecer en el edén junto a ti, de pasar inadvertidos ante el árbol pecaminoso y de no confundir el amor con el deseo, ni con el mal amor hacia uno mismo. Contigo soy uno.
Si te echas a andar, que sea junto a mí, junto a aquel que te dará la mano impidiendo tu tropiezo en los baches de la desdicha. Aquel que no te mira, sino que te ve.
Hoy sonríes. Sé, que si te quedas, mañana lo volverás a hacer.
Iñaki Burguera
martes, 20 de octubre de 2009
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