-¡No me gusta, no me gusta! ¡Esto está asqueroso!
La comida que me ponía mi madre era siempre un asco, algo que no era capaz de tragar ni a la fuerza. Era la batalla de todos los santos días, mi lucha continúa por cambiar los gustos culinarios familiares. Yo no era digno de comer esas cosas verdes, ni esas piedras marrones con salsa de agua. Yo era mucho más.
Por ello decidí cambiar de madre. Fui buscando puerta por puerta, de barrio en barrio, hasta topar a la madre perfecta. Por fin di con ella, ¡qué feliz iba a ser!
Me encantaba su comida, su compañía y su hogar.
No tarde ni dos días en volver con mi verdadera madre.
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